Haciendo un recorrido histórico de la cultura del agua, debemos comenzar por la
Época Griega.
Ulises en la Odisea hablaba de los placeres de los baños termales. De la diosa griega del mar
Tetis nacieron los ríos y las fuentes.
Heracles, cuyo poder de curación a través del agua hizo que su igual romano
Hércules fuese sinónimo de balnea, lugar de curación termal.
En ésta época, los balnearios se denominaban asclepias, de
Asclepio, Dios de la Medicina. Eran lugar de peregrinación para muchos enfermos, que eran tratados por sacerdotes descendientes de Asclepio aplicando distintas técnicas hidroterápicas. Estos templos de curación se construían en zonas termales consideradas benditas por los dioses. La Fe era la base de la curación.
Pero para
Hipócrates la fe no era razón suficiente para la curación. Él consideraba la enfermedad como un disturbio del cuerpo. La curación era el restablecimiento del equilibrio del cuerpo, al cual se llegaba por medio del agua, la vida sana, la luz, la dieta, los masajes y la tranquilidad psíquica.
Hipócrates consideraba la hidroterapia como método terapéutico de primer orden, utilizando el agua fría para dolores articulares, procesos inflamatorios, contracturas musculares; el agua de mar para erupciones cutáneas, heridas simples o llagas no infectadas, el origen de la talasoterapia; y el agua caliente que según él debilitaba la musculatura y favorecía las hemorragias, la aplicaba para espasmos musculares, insomnio, determinados dolores y curación de heridas y llagas purulentas.
El empleo adecuado del agua era muy importante, pues tanto la técnica como la frecuencia eran esenciales para la curación. Una mala utilización podía ser perjudicial para el enfermo.
Durante ésta época las
técnicas de aplicación eran muy variadas: chorros, baños de vapor, compresas húmedas calientes, aplicaciones de barro y fango, todas ellas utilizadas hoy en día en los más modernos balnearios.